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Kufstein



Cuando el avión que aterriza
y no lleva más maletas con ilusiones
ni la chica que lee al fondo del avión sonríe,
las cosas no van bien.

Cuando tocas suelo austriaco,
inundado por una capa de nieve.
Cuando el ego de las nubes supera al sol,
éste se esconde
y aquellas esponjas blancas,
a veces grises,
acaparan todo nuestro espacio,
las cosas no van bien.

Si cuando aterrizas,
te sabes el aeropuerto de memoria
dónde es más barato el café
qué tren es el que tienes que coger
y ayudas a los turistas a encontrar las calles
es hora de cambiar de destino, cariño.
O al menos, aceptar ese camino.

Siempre fui egoísta con la ciudad donde vivo
siempre le pido más.
Hay veces
que espero que todo sea perfecto
sin mover ni un solo dedo.
¿Qué narices espero?

Sin embargo,
aunque me ha costado meses adaptarme
conocer a la familia Klinst,
y saber aguantar a la familia Klein
cada vez me cuesta menos regalar sonrisas.

Creí,
Creí que conocía mis límites.
Creí que tú, Kufstein,
me habías enseñado a base de golpes.
Conocí el suelo tras caerme día tras día
y escribía mis derrotas sobre tu asfalto.

Ahora las piso.
Sobre tu asfalto, sólo bailo
y sobre tus caídas, sólo juego a levantarme.
Mis trofeos,
se los dedico a la fortaleza desde mi terraza.
Mis logros,
los bailo encima de aquella montaña llamada Kaiser.
Mis miedos,
les desafío día tras día en Andreas Hofer Strasse.

Suelo ganar,
aunque no suelo reconocerlo.
Reconozco
que no me gusta presumir.

Y cuando aterriza el avión,
no te preocupes.

Que las maletas volverán a cargarse de ilusiones
y la chica del fondo sonreirá dulcemente cuando mire por la ventanilla
al ver al sol bailando sobre las nubes
y a las nubes quejándose en forma de copos blancos.

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