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Y vuelta.



Y vuelta a las sigilosas despedidas.
Sales corriendo, a escondidas.
Y yo me levanto jugando a la pata coja
saltando entre cada una de las prendas
que dejas en el suelo tras tu última huida
formando un camino
y no precisamente de rosas.

Me consumo como tu último cigarrillo
(ese que nunca es último, sino penúltimo).
Mi voz se rompe como el último acorde de piano que tocaste
que pretendía ser una dulce y romántica melodía
y lo convertiste en un réquiem.
El cielo está completamente negro
y yo vuelvo a ponerme la vestimenta de duelo
(para llorar tu pérdida
y celebrar mi victoria.)
He dejado plantado a mi corazón en un altar lleno de espinas
abandonado por las rosas
escupido por Cupido
formando ríos que desembocan al mar negro
en el que se refugia mi cordura.

Y vuelta a empezar
a las sigilosas despedidas.
A los mensajes sin darle al botón de enviar.
A las dudas en mi cabeza
y al trabajo de mi memoria en recordar qué (coño) ha pasado esta vez.
Vuelta a los baños de espuma con mirada perdida
haciendo testigos a las velas
de mis idas y venidas.
Volviendo a poner mi corazón a ritmo con música indie
mirando por la ventana
mientras busco estrellas fugaces en un cielo despejado y ocupado por rayos de sol.
Vuelta a inundar mi cabeza de preguntas
y a sumar otra derrota a la espalda de mi corazón.

Pero, tranquilos.
No penséis que este proceso dura mucho:
es que me encantan los dramas
y si mi corazón se viste de novia los sábados por la tarde
es porque le encanta las despedidas de soltera de los viernes por la noche.

Tampoco penséis que a mí me gusta estar mucho de duelo.
Simplemente me visto de negro, porque me sienta genial.




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